domingo, 4 de octubre de 2009




A la vuelta de un largo viaje

Estoy preparando mis maletas para regresar a París. Esta vez son objetivamente mucho más pequeñas, pero subjetivamente mucho más grandes. Yo traje historias de otros mundos, aires de libertad, euros y pacotilla ¿qué me llevo?
Me llevo sobre la piel los muchos abrazos recibidos durante estos días, la mayoría sinceros.
Me llevo el dolor de la separación mezclado con la convicción de que no podía ser de otra manera. Parafraseo entonces a Nicolás Guillén: “que mi condición de emigrante le duela a los que me obligaron a ello.”
Me llevo los ojos colmados de ruinas, de decadencia, y de pueblo anesteciado, vacunado contra todo, un pueblo que vive el día a día y nada más.

Me llevo mi buena dosis de indignación aeropuertaria debida a las humillaciones que sufrimos los cubanos al entrar al país: inspección detallada de nuestros pasaportes, más detallada para nosotros que para los recién llegados extranjeros. Interrogatorio pormenorizado acerca de los países  que he visitado en lo que va de año como si no pudieran entender que hay lugares en los que viajar por todo el globo sin ser molestado es parte de la realidad cotidiana. Este año incluso me tocó hacer de doctora mientras pesaba las maletas pues tuve que calmar a un anciano a quien le subió la presión intimidado por la multitud de uniformados que nos rodeaban y por la posibilidad de que tuviera que pagar una cantidad de dinero elevada por el equipaje que traía. También tuve tiempo de unirme a la voz de una joven que, muy educadamente, le explicaba a los oficiales de aduana que limitar la cantidad de artículos que podemos entrar al país solo va en contra de la población. La lógica es muy sencilla: si los cubanos que vivimos en el extranjero tenemos que pagar y, además, excesivamente, por cada kilogramo que traigamos por encima de 25, límite este que casi exclusivamente cubre las pertenencias de una persona que vaya a permanecer fuera de casa por 2 o 3 semanas, traeremos cada vez menos artículos que nuestros familiares, amigos y amigos de amigos necesitan y no pueden hallar en la isla o no pueden pagar. Es, sin lugar a dudas, una reglamentación que únicamente afecta al pueblo cubano, especialmente al que vive en la isla. 

Me llevo la indignación de la doble moneda y de las capas sociales que se han formado de acuerdo al criterio: posesión o no de pesos convertibles.
Me llevo la tristeza del resquebrajamiento moral obligado por la necesidad de sobrevivir.
Me llevo muchas frutas y dulce de guayaba que como dicen en Vampiros en La Habana: “Con membrillo no sabe igual”.
Me llevo la triste estampa de una isla detenida en el tiempo, detenida en un 1959 que ha calado en cada célula de la idiosincrasia cubana logrando lo que no logró la esclavitud ni los duros años de la república: casi doblegarnos. Atesoraré la palabra “casi” y buscaré en ella los recursos para que no nos dobleguen totalmente. ¿Cuáles crees tú, lector, que sean esos recursos?

6 comentarios:

Alejandra Dominguez dijo...

Al Yame cubano:
Tengo las fotos que me pediste. Me dices como te las hago llegar o si quieres que simplemente las cuelgue aqui.
Ale

asere cubano dijo...

Yo estoy vacunado contra todos los atropellos del tirano, a Cuba no voy hasta que no sea libre 100%.

Armienne dijo...

Hace 24 años que salí y no he vuelto. Solo lo haré si es libre.

Anónimo dijo...

Solo fui una vez y fue al la humillacion y el susto que no vuelvo mas.

evelio dijo...

Gracias Ale mandamelas al correo evelioguzman@gemail.com.Es "casi"porque aun escribimos,discutimos y respondemos cuando alguien a nuestro lado defiende a ese "viejo gobierno de difuntos y flores".Gracias otra vez y sigue escribiendo.

Politicamente Incorrecto dijo...

Muy bueno tu Blog y te invito al mio, a veces imagino como sería regresar a Cuba, nunca lo he hecho, un día será, cuando llegue la libertad. Un saludo y París debe ser lindo, bueno, tiene de todo un poco, así me han dicho.

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